Abejada, almohada

¿Me quiere?

Cada noche Toni deshojaba margaritas sobre una cama, una a una, buscando respuestas que por él mismo no es capaz de encontrar.

– Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere,… ¡ME QUIERE! ¿Pero cómo me va a querer, si estamos todo el día discutiendo?

No convencido, Toni cogía otra margarita de la mesita y volvía a empezar.

– Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere,… ¡NO ME QUIERE! ¿Pero cómo no me va a qurerer, si siempre que discutimos acabamos haciendo el amor?

De nuevo, volvía a coger otra. Y otra, y otra. Y así toda la noche. A su lado, detrás de la almohada, estaba Sonia, su pareja. En silencio. Sin enterarse de nada. Sin responderle nada.

Abejada

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Abejada, metamorfosis

Metamorfosis en el andén

Una despedida en el andén. Un tren que se va. Un pasajero que se queda. Sentado. Triste. Solo.

A su lado, una chica con lágrimas en los ojos. Otra pasajera que se quedó.

No se hablan. No se tocan. Se miran y agachan las cabezas. Pasan los días, las lunas, los soles, los pasajeros, los trenes. Lloran. No se tocan. No se hablan. Se miran y agachan las cabezas. Y están allí. Están allí aunque no les veamos. Están allí porque les recordamos, porque no hay metamorfosis que cambie la historia. Ni el recuerdo. Y pasan los años, y los 11 de marzo siguen ahí. No se hablan. No se tocan. Se miran y agachan las cabezas.

Abejada

Abejada, nada

Que nada nos separe

Hay una frase de Pablo Neruda que ha sido el guión de toda mi vida. La primera vez que la usé fue al nacer, justo después de cortarme yo mismo el cordón umbilical.

  • Mamá, para que nada nos separe, que no nos una nada- Le decía con la mirada perdida en el infinito. Acto seguido quise salir del hospital a pie, pero mi madre me detuvo.

La frase no funcionó. Me dieron una “colleja” educativa, me metieron en un carricoche y me ataron con un cinturón.

De adulto aún sigo usando esta frase, y sí, me siguen dando “collejas”. La última, mi ex.

  • Cariño, para que nada nos separe, que no nos una nada.

¿Os podéis creer que dejó de hablarme? Dice que se lo podría haber dicho antes. No lo entiendo. Tan sólo tardé 4 años en decírselo… No entienden mi forma de decirles “te quiero”. Bueno, tampoco entiende que me haya liado con otra…

Abejada

Abejada, magia

Rutina de mago

Cada día, cuando acabo el espectáculo de magia, voy al ultramarinos que hay al lado del teatro para comprar diez latas de sardinas enlatadas. Después, voy llenando, uno a uno, los diez cuencos de comida para gatos que hay en esa calle.

Luego voy a casa con las latas vacías y empiezo a reír. A reír muy fuerte. A hacerme daño en el estómago. Y las voy cerrando entre carcajada y carcajada. Cuando están todas cerradas, las meto en la nevera y me acuesto.

Al día siguiente, por la mañana, voy con mis diez latas a la parada de autobús y las voy regalando a las personas que se han levantado tristes: “toma, sonrisas enlatadas”. La cogen, la abren, y empiezan a reír contagiosamente.

Y eso, lo que hago por la mañana, es magia: hacerles reír cuando más lo necesitan.

Abejada

Abejada, cielo

Se los tragó el cielo

Yo tenía diez años, pero recuerdo aquellas semanas como si fuera ayer. Todo empezó, o acabó, un sábado. Después de tres días de un rugir constante que no cesaba, Barcelona volvió a la tranquilidad. O quizás no.

Aquel día mi hermano y yo amanecimos en un lugar muy oscuro, iluminado tan solo por cuatro rayos de luz que penetraban por las juntas de unas maderas. Ninguno de los dos sabíamos qué nos llevó a aquel escenario tan oscuro y dantesco.

Cuando conseguimos salir, vimos que el exterior era peor: gente corriendo sin sentido, llantos, gritos, y un fuerte olor a pólvora… No entendíamos nada, ni siquiera dónde estaban nuestros padres, así que decidimos salir a buscarlos esquivando agujeros y muertos. Muertos que, como a nuestros padres, se los tragó el cielo.

Abejada