Abejada, nada

Que nada nos separe

Hay una frase de Pablo Neruda que ha sido el guión de toda mi vida. La primera vez que la usé fue al nacer, justo después de cortarme yo mismo el cordón umbilical.

  • Mamá, para que nada nos separe, que no nos una nada- Le decía con la mirada perdida en el infinito. Acto seguido quise salir del hospital a pie, pero mi madre me detuvo.

La frase no funcionó. Me dieron una “colleja” educativa, me metieron en un carricoche y me ataron con un cinturón.

De adulto aún sigo usando esta frase, y sí, me siguen dando “collejas”. La última, mi ex.

  • Cariño, para que nada nos separe, que no nos una nada.

¿Os podéis creer que dejó de hablarme? Dice que se lo podría haber dicho antes. No lo entiendo. Tan sólo tardé 4 años en decírselo… No entienden mi forma de decirles “te quiero”. Bueno, tampoco entiende que me haya liado con otra…

Abejada

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Iván Gallego, nada

Septiembre

Cerré los ojos y me concentré en mi respiración, poco a poco los pensamientos y los sonidos se iban apagando, cada vez más y más, hasta que llegó la nada.

Absorto en la quietud, se fue formando una imagen que terminó invadiendo todo. Era un lugar que no reconocía, pero también extrañamente familiar. La fresca brisa acariciaba mi piel, calmando la calidez del brillante sol, el aire tenía un peculiar acento a sal que traía mar. Un pequeño paraíso que inspiraba calma.

De repente, su voz. Me giré y ahí estaba. La misma sonrisa, la misma mirada. No había cambiado, aunque el tiempo ya se encargó de apagar el dolor. El aire cogió fuerza, las nubes tomaron posesión del cielo y pronto comenzaron a llorar.

La emoción me invadió, no me atrevía a moverme y tampoco respirar, no sea que todo desapareciera. Hace tanto tiempo que aquel septiembre se te me llevó de mi lado.

Iván Gallego

E.U.C., nada

Sufrir siempre es mejor que nada

Hacía dos años ya que no salía de su rutina, sus horas estaban repartidas entre el sofá de cuero negro que habían elegido entre los dos y ese despacho libre de decoración en el que tecleaba con fuerza y cadencia en busca de algo que satisficiera esa nada de su interior.

Hacía dos años ya desde que ella hizo las maletas y se marchó, dejó una nota con la tinta emborronada por las lágrimas derramadas que sirvieron de más consuelo que las propias letras, llenas de mentiras y falsas esperanzas propias de un amor acabado.

Hacía dos años ya que le dominaba la apatía, pero esa noche la llamó, porque el dolor siempre es mejor que no sentir nada.

E.U.C.

nada, xenaga

Juegos

Contra la nada infinita de su quietud ganan mis ganas de complacerla. De arrancarle los orgasmos a mordiscos y hacerlo contra la pared como gritan sus labios sin abrirse. Es lo que quiere.

-No -grita excitada.

Es nuestro juego. Le gusta. Me gusta.
Se cubre pudorosa, se deja hacer, se resiste, grita y me tira del pelo, intenta arañarme, le sujeto las manos.
Grita y ahogo sus gritos con una mano, la penetración es brutal, la sangre aparece, no miro. No veo, solo hay oscuridad, rojo, gritos.
Es nuestro juego. Se resiste.

La policía no llega a tiempo. Era nuestro juego.
La condena. Cadena perpetua sin libertad, nadie jamás entenderá el amor que nos tuvimos, el juez dice que no nos conocíamos pero sé que ella me quería, me lo dijeron sus ojos cuando decía no.

Xenaga

Miguel Antúnez López, nada

Doble o nada

Arturo estaba sentado en la ruleta dispuesto a jugárselo todo a doble o nada. El día anterior había empeñado sus pertenencias al completo, menos la ropa que vestía, sin que su mujer ni sus hijos se enteraran. Había conseguido un total de 15.125 euros y estaba dispuesto a apostarlo todo al rojo.

Las deudas, el final de la prestación por desempleo y un futuro a punto de caer por el precipicio le habían empujado a esta situación. Si perdía estaba dispuesto a asumir las consecuencias. Si ganaba es posible que pudiese remontar el vuelo. Al menos había que intentarlo. Cuando todo se da por perdido sólo queda la voluntad, cerrar los ojos y dar un paso más.

La bolita comenzó a dar saltos en la ruleta. Su sufrimiento era la estrella del entretenimiento. No sabía que era el protagonista de un exitoso programa de televisión.

Miguel Antúnez López

Adnil, nada

No siento nada

Nada… Nada era lo que sentía en aquel momento. Sentía un vacío inmenso en mi interior. Nada fuera de lo normal había ocurrido, pero algo dentro de mí se retorcía dando gritos de auxilio. Pero ¿quién, o qué? ¿Era mi mente, mi alma o quizás mi conciencia? No entendía aquella revolución interna. ¿Qué había ocurrido para sentirme de aquella manera repentinamente? Nada… Todo mis sueños se habían hecho realidad. Había recorrido sitios espectaculares y conocido gente espléndida. Había superado todas las “piedras” del camino. Entonces, ¿por qué no era feliz? Tenía que averiguarlo. ¡Meditación! – me dije. Cerré los ojos e intenté escuchar a mi voz interior. Entre inspiración y expiración me sentí extraño ya que hacía meses que no meditaba. Y fue entonces cuando me di cuenta… Me había dedicado a contarles a los demás lo genial que era mi vida, olvidándome así de vivirla y disfrutar de cada instante. Había dejado de existir en mi propia vida. Yo no era nada.

Adnil

nada, Rosa Cartón

Punto y aparte

Ayer María se sentía pequeña, indefensa y vulnerable. Sólo ha podido contestar un simple “Nada” a la pregunta que tanto tiempo había estado esperando, a la que había dedicado sus noches enteras a tejer con palabras, perfectamente estudiadas, respaldadas por latidos que acentuaban cada una de ellas, pero llegado el momento, no había sabido traspasar la imaginación, donde todo era perfecto, donde cada frase recibía su correspondiente mirada, donde las sonrisas se arropaban de caricias y donde por los menos se abría la puerta al miedo y se dejaba ir.

Hoy le ha vuelto a pasar, pero se ha dado cuenta de la existencia de un  “nada verdadero” o un simple “nada que ver contigo” o un “nada que te importe” aunque sea solamente para enmascarar a un “nada que pueda contarte”, porque a veces ese “nada” esconde el motivo por el que María decidió un día marcharse y empezar de cero.

R. Cartón