Rutina de mago

Cada día, cuando acabo el espectáculo de magia, voy al ultramarinos que hay al lado del teatro para comprar diez latas de sardinas enlatadas. Después, voy llenando, uno a uno, los diez cuencos de comida para gatos que hay en esa calle.

Luego voy a casa con las latas vacías y empiezo a reír. A reír muy fuerte. A hacerme daño en el estómago. Y las voy cerrando entre carcajada y carcajada. Cuando están todas cerradas, las meto en la nevera y me acuesto.

Al día siguiente, por la mañana, voy con mis diez latas a la parada de autobús y las voy regalando a las personas que se han levantado tristes: “toma, sonrisas enlatadas”. La cogen, la abren, y empiezan a reír contagiosamente.

Y eso, lo que hago por la mañana, es magia: hacerles reír cuando más lo necesitan.

Abejada

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