Kualdam, pizza

Esas tradiciones tan nuestras

Aún me acuerdo de cuando nos desahuciaron. De pronto, sin darme ni cuenta, me vi dando tumbos por la ciudad como un cartero o el envoltorio de un chicle. No tenía adonde ir, y los muros de cemento y tocho eran demasiado duros para mí.

Decidí probar suerte en el campo. Después de pasar algunas noches oscuras, frías y decididamente extrañas, finalmente acabé en una especie de masía.

Era un lugar muy agradable, antiguo y tradicional. Su propietaria, la Roser, que vivía sola, me explicó que casi nunca recibía visitas, pero que estaba encantada de acoger a un pobre trotamundos sin familia como yo.

Me comí una deliciosa pizza que Roser preparó en su tradicional horno de piedra, y ya los vapores del sueño me nublaban el juicio cuando vi que ella abría la portezuela de una pequeña jaula tamaño dóberman que había arrastrado trabajosamente hasta el salón…

Kualdam

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Kualdam, tiempo

Estela de poder

Hace mucho tiempo, en la antigua Babilonia, sucedía una cosa curiosa en el sector de la construcción. El rey de turno, triunfador en mil batallas, era quien ponía el dinero para levantar un palacio o un ziggurat. A cambio de tal dispendio, había que llenar el edificio con estatuas y gravados que lo representaban. Es decir, propaganda. Cualquiera que entrase allí sabría quien había sido el tipo de la pasta.

Imagino su imagen severa mirándote desde todos los ángulos, hasta en el váter.

Es como si entrases a mear al Corte Inglés, por poner un ejemplo, y te encontrases en la pared de enfrente un póster con el señor Corte (o señor Inglés, no sé como va) mirándote fijamente, como diciendo: “Estás en mi casa, y ese retrete lo he pagado yo. Así que antes de salir más te vale TIRAR DE LA CADENA”.

Kualdam

Kualdam, locura

Da, da

Milton no estaba en su mejor momento. Desde hacía una semana, se había apoderado de él una extraña locura que lo empujaba a ser quien no era.
Empezó apareciendo entre los miembros del Club Dadaísta vistiendo formalmente, hablando con perfecta dicción y usando la forma correcta de la sintaxis por primera vez en toda su vida. Cada cosa que les decía a sus estupefactos colegas la pensaba muy mucho, y hasta llevaba un pequeño diccionario para consultar la adecuada acepción que quería usar en cada momento.

Sus compañeros, indignados, al final lo expulsaron del dadaísmo por ultra-realista-correctista. Él, en lugar de seguir el consejo de Borc; su amigo nihilista de confianza; y librarse a la bebida para pasar el mal trago, decidió acudir al psicólogo.

Dijo que era francés, aunque su acento parecía argentino, y después de mucha terapia concluyeron que debía meterse a abogado.

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Kualdam, monos

Picor en cero

Eran las 46:37. En el pabellón carcelario orbital Encélado reinaba una grata ingravidez silenciosa.
Winona esperaba, sujeta al cable de seguridad, mirando la escotilla. Suspiró, empañando así su casco por un segundo. Alexei se retrasaba.

Pasados diez minutos, la escotilla se abrió. El cuerpecillo desgarbado de su compañero cruzó el umbral, arrastrando tras de sí a los reos.

– Ya era hora, macho. -Le espetó Winona -Eh, ¿qué pasa con este? Se retuerce como un gusano en un anzuelo.
– No lo sé. Es mudo y está medio loco. Me ha costado horrores meterle en uno de estos condenados monos de trabajo sintéticos.

Cuando llegaron a la sección de trabajos forzados e instruyeron a los reos en sus nuevas ocupaciones, vieron que el sujeto AT-00349 estaba cubierto de ampollas. Pensaron que se trataba de una nueva mutación, aislaron el módulo y se quedaron un año en cuarentena. A nadie se le ocurrió mirar su historial, donde ponía claramente que era alérgico al poliéster.

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