cárcel, Cortometrajes, Jesús M. Tibau

Cortometraje: Cárcel

Miguel Molina vuelve con sus cortometrajes (o micrometrajes) para Palabra Obligada. Para inaugurar este año 2016 hemos publicado Cárcel, un relato original de Jesús M. Tibau.

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cárcel, Favoritos, Palabra obligada

Vota tu relato favorito de Octubre

El veredicto ya está aquí. Los cuatro mejores relatos para el jurado de Palabra Obligada son:

525 pesetas, cerillas y un paquete de Marlboro (Daniel de Castro) << ¡Favorito!
Presó (Jesús M. Tibau)
Rejas de papel (Rosa Cartón)
Rock & Run (ICMarja)

¡Es hora de elegir vuestro favorito!

¡Suerte a todos!

Os recordamos que los autores finalistas no deberán compartir la encuesta o la página en redes sociales ni pedir votos expresamente, por respeto al resto de finalistas.

cárcel, Miguel Antúnez López

Terrorista

La acumulación de escándalos políticos y económicos parecía haber colocado al país cerca del umbral de lo soportable para una sociedad. Pero nada pasaba. La corrupción, tanto de corruptores como de corruptos, campaba a sus anchas sin respuesta.

Cuando concedieron el tercer grado a aquel político que había estado tan sólo unas semanas en la cárcel mis prioridades cambiaron. El fin de una epidemia así sólo se puede conseguir si se ataja la enfermedad de raíz. De pensar que no tenía futuro y que mi vida ya no valía pasé a encontrar sentido a mi existencia.

Cuando lo maté vi claro que había que repetirlo. Por suerte tenía muchos posibles objetivos.

Terrorista. Así me llaman en las noticias. Esfuerzos en vano para aplacar a las masas. Nada pueden ya hacer contra la ola de los que han comenzado a imitarme. Esto es sólo el comienzo.

Miguel Antúnez López

cárcel, Fernando da Casa

Amnistía del 77

Nada más llegar, se sentó en un banco de la plaza y encendió un cigarrillo. La señora Antonia lo miró de reojo y echó a andar en sentido contrario, como si la empujara el diablo. Él sonrió y exhaló una calada. A los pocos minutos, otras cuatro viejas del pueblo cuchicheaban a sus espaldas. Cuando se giró, desaparecieron como por arte de magia. El cura hizo ademán de cruzar por delante, pero se arrepintió a tiempo. Tan solo un niño se atrevió a acercarse.
–¿Tú no eres el hijo del Rojo, el que estaba en la cárcel? –osó preguntar.
Él apuró el cigarrillo y lo apagó con la punta de su zapato antes de responder.
–Sí, soy yo –respondió–, pero te equivocas en una cosa: en la cárcel habéis estado vosotros, no yo.
Después extendió las alas y se marchó volando para no regresar jamás.

Fernando da Casa

Adnil, cárcel

Un mundo maravilloso

Despierto. Estoy en una cárcel. Tras los barrotes puedo ver un mundo maravilloso lleno de luz y color.
“¿Quién me ha metido aquí?”
Siento desesperación. Grito auxilio “¡Por Dios, sacadme de aquí!”
Alguien se acerca. Me quedo sin respiración al ver mi propio rostro sonriente.
“Tú tienes la llave, sólo tienes que querer encontrarla.”
Siento un pinchazo en el pecho tras esas palabras, llevo mi mano al corazón y noto algo. Hay una llave colgando de mi cuello. “¿Ha estado ahí todo el tiempo?”
Fijo la mirada en la puerta. He tomado una decisión: voy a salir de aquí.
De repente mi otro yo aparece dentro de la celda, muy serio.
Doy un paso.
“¿Seguro que quieres salir?”
Otro paso.
“¿Crees que te mereces ese mundo?”
No dudo en seguir caminando.
“¡No serás capaz de ser feliz!”
Finalmente abro la puerta. Doy un último paso al frente. Siento la suave arena rozar mi pie descalzo. Un rayo de luz ilumina mi corazón. Soy libre.

Adnil

cárcel, Daniel de Castro

525 pesetas, cerillas y un paquete de Marlboro

Para aquel funcionario, darme mis cosas no era más que rutina, pero para mí era el primer contacto que tenía con mi vida anterior a la cárcel. Cogí mis cosas y salí directo a respirar el olor de la libertad, pero fuera solo olía a humo y polución.
Encendí un pitillo mientras miraba cómo había cambiado todo. Hacía veinticinco años, me llevaron por una carretera secundaria a una cárcel en mitad del campo. Ahora estaba en mitad de un polígono industrial atravesado por una gran autovía. Solo había una cosa en común, que allí no había nadie para acompañarme. Sin familia, sin amigos, sin contactos, sin dinero, era imposible que pudiera sobrevivir mucho tiempo ahí fuera.
Tal vez por eso decidí cruzar la carretera en ese momento. O quizá simplemente no vi el camión. No lo sé, a este lado todo es muy confuso.

Daniel de Castro

cárcel, xenaga

Juzgado de guardia

Sin y con sentido. O consentido. O cómo mierda lo dijeran en la sala. Todo sonaba igual de mal y con idéntica probabilidad le llevarían al mismo lugar pero en lo único en que podía pensar era en que le quedaban unas cervezas en la nevera, en el niño de la vecina chillando y en que había bebido demasiado, ese y el resto de días de su vida.
La cárcel no estaba tan mal, le vendía su abogado, comida, ejercicio, un trabajillo digno y sexo regular. Tanto con sentido como sin.
Era lo que merecía, no debería haber salido aquel día, no debería cogido la pistola y haber matado a esa gente, pero no importaba, le quedaban unas cervezas en la nevera.

xenaga