Raúl Gil, Relatos libres

Guerra perdida

No creo que el amor dure lo suficiente para escribir todo lo que tengo pendiente. El dolor está por todas partes, sitiando este lugar, y avanza inexorable.

Siento la rabia y el rencor escabulléndose por los rincones de un débil cariño, durmiendo a mi lado, acurrucado junto a esta maltrecha trinchera de sentimientos apagados.

Con una pluma y un papel como única arma, dando la guerra por perdida, lucho por escribir los recuerdos de un amor que se desvanece a cada instante.

Raúl Gil

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abismo, Raúl Gil

El beso que no te di

Nunca fui demasiado intrépido. Sin embargo, tuve mi momento. Todo empezó una calurosa tarde de verano cuando rompí mi timidez y me presenté de la forma más inverosímil. Debió gustarte, pues me correspondiste. Y todo cambió.
Hazañas que antes eran imposibles, entonces las lograba sin mirar. Bueno, mirándote a ti.
Momentos que antes eran solitarios, entonces estaban llenos de caricias. Bueno, estabas a mi lado.
Situaciones que antes eran complicadas, entonces no tenían importancia. Bueno, solo me importabas tú.
Pero nunca fui demasiado intrépido. Y todo se esfumó con el beso que no te di. Y caí en el abismo. Y aquí estoy.

Raúl Gil

nada, Raúl Gil

Este relato no es nada comparado con todo

“¡Corre, nada más rápido!” gritaba en silencio, agazapada entre unos frondosos matorrales, mientras observaba la amenazadora aleta, surgida de la nada, que perseguía a su marido.

El improvisado nadador, al que no le quedaba nada para alcanzar la orilla, sentía su propia sangre brotar de su maltrecha rodilla. La misma sangre que había llamado la atención del tiburón.

-No hay nada como ver unas bonitas piernas justo después de eludir la muerte –bromeó nada más alcanzar a su esposa.
-¡Chis! No digas nada –le rogó silencio.

Sigilosamente, el aventurero matrimonio se adentró en la selva, en busca del punto de encuentro donde les esperaba el helicóptero.

Se habían adentrado en tierra hostil, en el corazón del santuario. No hacía nada que habían sorteado milenarias trampas, temibles secuaces y caminos recónditos para hacerse, por fin, con el tesoro.

Toda una vida para ese momento, para descubrir que el cofre no contenía nada.

Raúl Gil

cielo, Raúl Gil

El octavo piso

1 – Tus pies, los que no me dejabas tocar por miedo a que te gustara.
2 – Los roces a escondidas.
3 – Nuestras diferencias, tan numerosas como carentes de importancia.
4 – Mis letras que te excitaban.
5 – Tus tiernos abrazos, solo una vez correspondidos.
6 – Las conversaciones, dulcemente eternas.
7 – Todo lo que no era nuestro: él, mi ruido, tu pasado, los que no nos entendían y los que nos acusaban. La ausencia de una oportunidad, solo una.
8 – El cielo, el piso al que mi ascensor no llega.
Y ahora, igual que entonces, siempre está en el 7.

Raúl Gil

invierno, Raúl Gil

Nuestro último momento

Era un invierno más cálido de lo habitual. Distraído, pensando en tiempos mejores, observaba a través de la ventana en la que se reflejaban los tenues rayos de un sol apagado.

De camino a la estación, envuelto en el innecesario abrigo, no dejaba de recordar los buenos momentos, aquellos en los que me engañabas.

Una vez en mi destino, al refugio de aquel primaveral día de diciembre, abstraído conversando en buena compañía, después de tanto tiempo, te vi.

Me miraste. Nos miramos. Volviste a mentirme y ya no sentí nada. Esa noche, abrazado a nuestro último momento, cerré los ojos. Y entonces llegó el frío.

Raúl Gil