espejo, Paco Murall

Lucía fuera del espejo

Lucía conducía por la carretera comarcal. Su marido había vuelto a pegarle y las lágrimas inundaban sus ojos. Tras una curva, se deslumbró y cayó por un barranco. Cuando despertó, estaba rasguñada pero no sentía ningún dolor, sólo sed. En un arroyo bebió hasta saciarse, siguió la orilla hasta un puente, bajo el que distinguió un montón de chatarra y a tres hombres. Aceptó sentarse con ellos y se quedó en silencio mirando el agua turbia del arroyo. El mayor le construyó un refugio con cartones, que ella ocupó enseguida y se durmió.

Por la mañana fue con ellos al vertedero. Encontró un espejo y lo metió en el carro de supermercado. De vuelta bajo el puente, lo puso en su chabola para iluminar el interior. Se acostó temprano y durmió profundamente. La despertó un rayo de sol en el espejo. Entonces recordó…

Dejó el espejo en el montón de chatarra y volvió con sus compañeros al vertedero en busca de sus tesoros cotidianos.

Paco Murall

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espejo, Paco Murall

Julián Prévost

En el salón de los Prévost, Julián escuchaba a su padre -¡Tu obligación es dirigir la fábrica y olvidarte de quimeras que arruinarán tu vida y nuestro honor!- que le gritaba, la papada temblando sobre el alzacuellos almidonado. El joven recogió sus pinturas y se marchó en silencio, dejando la escena congelada en el reflejo amarillento del espejo enmarcado en caoba.

Cuando su amante se marchó, Julià Prévost se sentó en la estancia decrépita. No podía aplazar la decisión, terminar arquitectura como querían sus padres o seguir escribiendo, su verdadera pasión y a la que dedicaba, todo su tiempo. Tras las volutas del tabaco, el cristal desconchado le devolvió la imagen de un joven Julián Prévost, el traje manchado de pintura, que tras enfrentarse a su padre, dejaba la casa con actitud decidida. La imagen se difuminó entre las grietas del espejo, y Julià Prévost abandonó el antiguo piso familiar, aferrando su cuaderno de notas, con la claridad que se reflejaba sobre el entarimado.

Paco Murall

infierno, Paco Murall

Atardecer en Daraa

Atardece en Daraa pero la oscuridad enseñorea sus calles desiertas.

Los helicópteros bombardean el barrio, una densa humareda cubre la ciudad.

Samir se esconde entre las ruinas, sus hermanas se refugian en una iglesia cristiana. Él no abandona su casa, su deber, su herencia.

Tiene sed pero no se mueve, chirrían las torretas de los tanques. Un proyectil corta el aire y explota muy cerca. El temblor le levanta y la onda expansiva le escupe contra los cascotes.

Tiene sed pero está paralizado. Las botas retumban y oye voces metálicas incomprensibles.

Tiene sed pero el miedo le atenaza, acurrucado, sueña un tiro en la cabeza, una fuente de agua, un tajo en el cuello.

Silencio. Un rayo de luz atraviesa el muro por el agujero de obús, una esperanza de vida. Tiene sed.

Las aspas del helicóptero cortan el frío como una guadaña. Los élitros de un monstruo salido del infierno.

Samir tiene sed y sale a buscar un poco de agua.

Paco Murall