Iván Gallego, primavera, Relatos libres

Desvelar: Impedir el sueño a alguien, no dejarlo dormir.

Me despertó el perro al pasarme por encima para bajarse de la cama, debe de tener sed e irá a beber. Me giré para ver el despertador y calcular cuantas horas me quedaban de sueño. Marca las 02:55h, aún tengo unas horas para seguir durmiendo. Me vuelvo a enroscar en la fina manta, a pesar de ser primavera aun hace fresco, cierro los ojos y me dispongo a volver a dormir.

No pasa mucho rato que escucho un rápido movimiento de patas y el perro comienza a gruñir. No son horas para que comience a hacer ruido, se habrá rayado con algo de encima de la mesa. Le digo que se calle, pero insiste, va a despertar a los vecinos. Abro los ojos y veo que ha reculado hasta quedarse entre la entrada de la habitación y el costado del sofá del salón. La mirada la tiene fija, pero no hacia la mesa, sino en el final del salón donde comienza el pasillo, o ¿está mirando el bufé de la televisión? Los gruñidos se hacen más agresivos hasta que comienza a ladrar.

-¡No son horas!-, le digo, -¡Deja de ladrar!-.

Preocupado por el ruido me incorporo y me dispongo a ver a que está ladrando. Me asomo de la habitación al salón, todo está a oscuras, solo se intuyen formas, el perro gimotea. Si quiero dar la luz he de cruzar el salón hasta llegar a los interruptores que están en el otro lado, justo donde comienza el largo pasillo.

Iván Gallego

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Iván Gallego, piña

La ventana mágica

El correteo de mi sobrino me distrajo, iba de una habitación a otra.
Le grité desde el sofá: -¿qué haces?-, rápidamente cambió de habitación y me respondió:
-estoy dibujando-.
Me levanté y fui a verle. Realmente estaba dibujando en ese momento, aun así le dije: -te he visto que corrías por el pasillo, ¿por qué me engañas?-. -Dibujo lo que veo por la ventana-. Me mostró el dibujo con trazos de un niño, en él se veía un dinosaurio con una piña entre sus garras, estaba apoyado en una palmera cargada con piñas y cocos. Al lado tenía un perro amarillo y detrás una montaña con nubes de colores.
-Es Dino come piñas, se rasca contra el árbol para que caigan. Pero los cocos no le gustan y se los da al perro que es su amigo-.
Mi risa hizo que se pusiera rojo. -Es verdad!!-, me cogió de la mano, me llevó a la habitación y me puso frente la ventana.

Iván Gallego

Iván Gallego, tiempo

La asesina

-Un día de estos te tendré que matar.

Sé que Aida no lo decía con mala intención, era una forma de mostrar su aprecio. Aunque no siempre era así, otras veces lo hace porque la persona simplemente le cae mal, pero en mi caso será porque me aprecia demasiado para que viva, o al menos eso me gustaría creer. Sólo se podrá saber si después de matarme no se va ha comprar unos zapatos, sino que coja su violín y toque algo en mi memoria. Ese es el ritual que siempre ha seguido y que diferencia a qué grupo perteneces.

Por suerte, a la hora de matar, prefiere escribir en relatos sus crímenes antes que llevarlos a cabo. Los hace desde la pura lógica a la más extraña de las fantasías.

Cuando llegue mi hora sé que se tomará su tiempo, aunque tampoco tiene mucho margen, tan solo unas pocas palabras.

Iván Gallego

Iván Gallego, locura

Dosis de locura

Llevaba días despertando con una sensación de monotonía que me apenaba, estaba cansado de que cada día fuera una copia del día anterior. Intenté buscar remedio, pero cada cosa que hacía, cada consejo que me daban, me dejaban con la misma sensación de indiferencia ante la vida.

Un día me encontré con un viejo amigo al que hacía años que no veía, su entusiasmo y su energía me sorprendieron, tanto que consiguió transmitirme esa alegría. Le pregunté que de dónde sacaba tanta energía. Lo que me respondió fue que estaba tomando unas pastillas de locura, que con la dosis recomendada, están indicadas para perseguir los sueños, para andar por caminos que nadie mas anda, para ser el mas rico aún siendo el más pobre, para enfrentarse a gigantes donde otros solo ven molinos, para amar y vivir la vida.

Así que desde entonces tengo mi propia dosis de locura.

Iván Gallego

Iván Gallego, monos

Iniciación

Mi memoria es vieja y ya no recuerda las cosas como hacía antes, pero sí recuerdo que mi viaje comenzó cuando entré en Egipto en busca del Brujo. En realidad no era tal, sino un protector de los conocimientos herméticos y adorador de Tot, así que más bien alquimista.

Fui guiado a través de un laberinto de callejuelas esculpidas en ladrillo de adobe hasta que me hicieron pasar a una casa. Dentro me recibieron a gritos un par de monos que huyeron trepando a las espaldas de un anciano, este los bajó cuidadosamente y me dedicó una sonrisa mientra se acercaba.

Cogió mi mano y observó la palma señalando una de las líneas con su dedo, me miró y preguntó: -¿Quieres cambiar tu destino? Mi respuesta afirmativa hizo que el viejo cogiera una daga y marcase una nueva línea donde antes estaba mi destino.

Tu viaje te ha traído hasta mi, ¿También quieres cambiar tu destino?

Iván Gallego

Iván Gallego, metamorfosis

La operación

-Ha llamao hace un rato tu hermana.
-¿Y qué te ha dicho, madre?
– Pues na, que al final han tenío que operá a Miguelito.
-¿Operar?, ¿operar de qué?
-De metamorfosis.
-¿De metamorfosis?, ¿estás segura madre?
-Sí, ¿qué pasa?.
-No no, que no sé a qué te refieres.
-Sí…, cuando te hacen la constitución. Anda llama a la niña y pregunta por tu sobrino, que vaya tío que tiene.
-¿La constitución? – manda cojones…- Ahora la llamo madre.

-¿Diga?
-¡Hola Ruth!, ¿qué tal? ¿cómo estáis?
-Antonio, cuánto tiempo. Ya ni nos acordamos, eh.
-Ya…, estoy liado con los turnos, ya sabes. Oye que me ha dicho madre que han operado a Miguelito, ¿cómo está?¿qué ha tenido?.
-Está bien, ya casi recuperado. Le operaron de fimosis.
-Espera, ¡Madre, es fimosis!
-¡Pue eso, metamorfosis!

Iván Gallego