ICMarja, payaso

El golpe de Stanislavski

Ensayó una sonrisa. Lo hizo con una carencia total de humor o empatía, tan solo tensando los músculos faciales mientras su mirada vacía atravesaba el espejo.
Recuperando su sobrio gesto habitual, tomó el maquillaje blanco y lo extendió por toda la cara, cubriendo la barba de tres días meticulosamente, antes de pasar al carmín.
Todo el mundo llevaría máscara. Era más sencillo: usar, tirar y correr.
No era suficiente.
Por eso la mayoría dudaba a la hora de trabajar con él. Su obsesión por el Método teatral siempre acababa convirtiendo la tarde en algo digno de recordar, ya fuera de la forma apoteósica o de la patética.
Cuando hubo terminado recogió la bolsa de deporte y se metió la pistola en la parte de atrás del pantalón.
Volvió a probar. Esta vez la sonrisa salió perfecta.
Cuatro payasos entrarían en el banco, pero solo uno daría una función realmente digna.

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ICMarja, piña

No vas a pasar de los cuarenta

—Piñas.
—Sí, joder, piñas.
Rodríguez y McCartney estaban en el antro de confianza. No el bar donde se reunían siempre los polis, sino un cuchitril a varias manzanas, donde podían hablar tranquilos. La luz anaranjada del crepúsculo se colaba por una ventana sucia.
—Un montón de coca escondida en una piña sin corazón —repitió Rodríguez, que no acababa de creérselo.
—Sí, señor. Ponle una falda y tendrás a mi exmujer —aseguró McCartney, con sorna.
Mientras el primero apagaba su cigarro, el segundo apuró su whisky y pidió otro par.
—Ya. De modo que las recuperasteis todas. Y caso cerrado.
—Bueno, se perdieron algunas. Pero el caso está cerrado.
—¿Cómo que se perdieron?
McCartney sonrió.
—Me gusta la piña. Preparo un tepache cojonudo.
Rodríguez resopló y soltó una risotada.
—¡Gordo cabrón! Cualquier día te van a enterrar.
—Ya veremos…
Brindaron con la nueva ronda, y la noche cayó sobre la ciudad.

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ICMarja, piña

Tragicomedia del simplón moderno

Fermín tiene cuarenta añazos y menos papeles que una liebre.
Taxista de profesión, payaso por vocación y cuñado por obligación, siempre tiene en la boca el chascarrillo del que te ríes porque sí.
Pues ahí lo tienes, en la fiesta de cumpleaños del sobrino, con toda la familia haciendo piña en el patio del chalé.
El hermano pequeño del agasajado es un bebé, y con él está jugando Fermín, echándolo al aire y recogiéndolo al caer, y el niño encantado.
Pero en una de estas se le escurre de las manos. Intenta cogerlo haciendo malabares, pero falla. Y el crío cae al suelo de cabeza mientras el cerebro de Fermín dispara automáticamente un palabrujo que sale de su boca sin pasar filtro ninguno:
—¡Epetecándemor!
Toda la familia está en shock.
Pero al sobrino, ocho añitos recién cumplidos, le hace gracia la tontería y le da por reír.
Menudo percal, Fermín.

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ICMarja, pizza

L’effetto della pizza croccante

Montessori conducía la Vespino NL como si fuera una Harley Davidson. Llevaba el casco colgado del codo porque se ganaba la vida usando el brazo derecho, y la seguridad era lo más importante. Montessori era duro. Montessori era todo pelotas.
El edificio era un adusto cubo de ladrillo. El hombre que lo esperaba en el piso superior, también lo era.
Bajó de la moto, encendió un pitillo arrugado y cogió las cajas de pizza del contenedor trasero.
Subió dos pisos. Tres.
—¿Y Fellini? —preguntó el tipo enorme cuando Montessori dejó las cajas sobre la mesa.
—En el río.
El gordo estaba de espaldas, frente a la ventana. La cara en sombras, un puro consumiéndose entre sus dedos. Asintió.
—¿La pasta está en las cajas?
—En la de abajo. En la otra hay… pizza. Su preferida, capo.
El gordo sonrió.
—Los detalles. Por eso eres el mejor.
—Lo soy —aseguró Montessori.

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ICMarja, pizza

Piña, supongo.

Esta es una historia de dolor y marginación. O no. Podría estar exagerando.
Su madre era italiana. Eso podías verlo en sus formas. Era delgada y resultona, coronada por el color de la caléndula. Ardiente y dulce por las noches, fría y ácida por las mañanas, nunca rechazó una fiesta y jamás hizo ascos a un buen brandy.
El tema del padre era más complicado. Mamá era bastante… internacional, y en los años sesenta las noches eran una cosa muy loca. Así que unos decían que el alemán había llegado primero, y otros que aquel tipo canadiense fue el que encendió el horno.
Y ella era discriminada por aquellos que no entendían su forma de ser, y el sabor que podía aportar al mundo.
«¿Por qué tanto odio? —preguntaba en ocasiones— ¿Qué cojones os pasa?»
Pero, nena, yo te amé como jamás he amado a otra.
Eres especial, Pizza Hawaiana.

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ICMarja, mar

Misterios de las profundidades

—Estás de broma, ¿no?
—Y hundimos a más de uno en el Mar del Japón.
—Yaya, ¿de verás pretendes que me crea que fuiste torpedera en la guerra? ¿En un submarino? ¿En Japón? —inquirió Helena, con los mofletes llenos de bizcocho.
—No veo por qué es tan difícil, cielo.
La niña tragó y cogió otro trozo.
—Eras marina y luego aprendiste a hacer repostería, ¿no? ¿En serio?
La abuela rió con ganas.
—No, cariño —dijo, cogiendo uno ella también—, yo ya sabía hacer postres antes de alistarme. Lo eché mucho de menos, allí abajo.
—Abuela…
—En serio, hasta tengo un tatuaje de mi escuadrón.
—Yaya, yo te he visto en bañador. En la playa. No hay ningún tatuaje en…
Una sonrisa se abrió como una flor bajo las gafas redondas de la anciana.
—En realidad…
—Oh, dios, Yaya… ¡Qué asco! Mira, te creo. No necesito pruebas.
—Bien. ¿Otro trozo?

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ICMarja, mar

Al mar en tiempos revueltos

Martín marcó el número de Marta.
Se estaba mareando debido a la marejada, y la concebida como una maravillosa marcha marítima estaba empezando a convertirse en una maratón de martirios.
Las olas alrededor del catamarán martilleaban marciales, como una furiosa marabunta, y él, con mariposas en el estómago provocadas por una maraña de sentimientos, temía que le fallase el marcapasos incluso antes de convertirse en comida para los marrajos.
No contestaban.
¿Habría descubierto el marqués, padre de ella, su tórrida aventura en Marruecos? Menudo marrón. El viejo estaba marchito desde hacía muchos marzos, pero no aceptaría ni por una marmita llena de maravedíes, que ella prefiriera como marido un marino marrullero a un magnate del marfil. Si al menos fuera un mariscal, o un marajá…
Marte brillaba en el cielo, lejos de la marmórea luna, señal terrible, que marcaba como una mala idea echarse al mar en tiempos revueltos.

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