Fernando da Casa, vacaciones

Compensaciones

Juanito veía las imágenes que adornaban las noticias de la tele mientras terminaba de comer. Garabateaba con la cuchara escorzos interminables para disimular su falta de apetito, a pesar de que su madre empezaba a impacientarse.
–Mamá, esos niños pobres que desembarcan en la playa, ¿son felices?
Justo cuando iba a recriminarle su tardanza en acabar el plato, la dejó sin palabras.
–No… No lo sé, hijo. Supongo que no.
Juanito sonrió y terminó su almuerzo en santiamén, como si la respuesta de su madre hubiera resuelto miles de problemas, tantos como inmigrantes llegaban por mar. Este año –efecto de la crisis– no disfrutaba de vacaciones en esas mismas playas que acogían a tantos desgraciados. A cambio, él sí se sentía feliz.

Fernando da Casa

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abismo, Fernando da Casa

Abismo

Según los expertos, nos encaminamos hacia él. Que si esto se parecerá a Venezuela, que si habrá fuga de capitales, que supondrá la quiebra del sistema, que traerá más pobreza, que nadie estará a salvo…
Estoy sentado en el alféizar de mi ventana. Vivo en un quinto piso, aunque la comisión judicial no tardará en echarme. Mi mujer me abandonó cuando supo que estaba arruinado, ayer cortaron la luz y apenas llevo unos céntimos en el bolsillo. Mis pies señalan hacia el suelo, donde ya se reúnen docenas de personas, pequeñas como hormigas, y me señalan con el dedo. Escucho una sirena avanzando, a lo lejos. ¿Será por mí? Cierro los ojos y pienso en mi futuro.
Cuando los abro, dos bomberos me agarran de los brazos y me introducen en una ambulancia.
–Está fuera de peligro –escucho decir a alguien.
Sonrío. Me apetece conocer el abismo.

Fernando da Casa

cárcel, Fernando da Casa

Amnistía del 77

Nada más llegar, se sentó en un banco de la plaza y encendió un cigarrillo. La señora Antonia lo miró de reojo y echó a andar en sentido contrario, como si la empujara el diablo. Él sonrió y exhaló una calada. A los pocos minutos, otras cuatro viejas del pueblo cuchicheaban a sus espaldas. Cuando se giró, desaparecieron como por arte de magia. El cura hizo ademán de cruzar por delante, pero se arrepintió a tiempo. Tan solo un niño se atrevió a acercarse.
–¿Tú no eres el hijo del Rojo, el que estaba en la cárcel? –osó preguntar.
Él apuró el cigarrillo y lo apagó con la punta de su zapato antes de responder.
–Sí, soy yo –respondió–, pero te equivocas en una cosa: en la cárcel habéis estado vosotros, no yo.
Después extendió las alas y se marchó volando para no regresar jamás.

Fernando da Casa

Fernando da Casa, magia

Mágico amor

Me prometió el cielo y la luna. Le respondí que me conformaba con pisar la tierra. Sus ojos, zarcos como el agua clara del arroyo de mi pueblo, penetraban en mi ser y desnudaban mi alma. Azorada, intentaba cubrirme con ropajes de desprecio, adornada con aires altivos y vientos de timidez.

No se dio por vencido: rondaba la puerta de mi casa todas las mañanas para verme salir hacia la escuela. A la vuelta, por la tarde, me esperaba como guardián fiel del sauce llorón que lamentaba mi ausencia desde el jardín que adornaba mi morada.

Me juró amor eterno. Un día de lluvia, aterida de frío y con necesidad de calor, le creí. Sus besos cubrieron mi cuerpo mientras mi mente alcanzaba la luna prometida. Al día siguiente, desapareció para no volver jamás. Como por arte de magia.

Fernando da Casa de Campos