Chus Rodríguez, payaso

Una sonrisa puntual

Tomás, un vecino mío, simpático como no hay otro, afectado por la crisis, ha cambiado de profesión. Antes vendía frutas y verduras, y mientras despachaba pimientos y melones te colocaba algún chascarrillo o algún chiste al caso. Y siempre provocaba sonrisas, cuando no carcajadas, entre la clientela de su concurrido local.
Pero ahora Tomás se ha reciclado, se ha metido a payaso. Un payaso pintoresco, raro de definir. Se parece a todos ellos y no se asemeja a ninguno. Y es que, este frutero metamorfoseado, ahora recorre las salas infantiles de los hospitales con su inconfundible nariz roja y su envidiable simpatía. Sabe arrancar como nadie la sonrisa de los pequeños, que lo esperan a diario entre cables, monitores y agujas hipodérmicas. Sólo él consigue neutralizar por unos minutos todos esos aparatos que los rodean y consigue sacarles sonrisas. Luego ellos le despiden satisfechos, con aplausos generosos y eternos. Todos los niños le adoran. Mi hijo cada vez más.

Chus Rodríguez

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Chus Rodríguez, pizza

Una superficie deliciosa

La geometría siempre resultó complicada para mí. Y allí estaba yo ahora, ante la mirada despectiva de un empleado insolente que me interrogaba agobiándome con su urgencia. ¡Qué sabía yo de áreas y superficies geométricas!, si hacía años que había abandonado mis estudios por un trabajo eventual en Mercadona…
En vista de que desconocía este dato, insistió preguntándome por el diámetro. Mi cara debía de ser un poema, porque parece que se ablandó. Pero inmediatamente me atropelló de nuevo con otra pregunta.
– ¡Claro que sé multiplicar! Y 3,14 es un número decimal, –le contesté airada– ¿o cree que soy tonta? Algunos lo llaman π, fanfarroneé algo crecida.
–Bien, pues decídase de una vez. Hay quince personas detrás de usted.
–Mire, hágala del tamaño que usted quiera, pero por favor, que la pizza no lleve cebolla.

Chus Rodríguez

Chus Rodríguez, mar

Resaca

A veces se aleja como enfadado y se oscurece en lo profundo, como un niño caprichoso que vuelve cuando él quiere. Pero, a pesar de todo, desde mi infancia lo añoro y, a escondidas, lo exhumo y lo recupero otra vez. Y mientras el ansia de compartir su mismo aire me asfixia, mi piel recuerda su roce con afanes de intimidad. Resisto su marea encendida para revivir ahogándome de nuevo en él, y codicio su sal que pule mi piel y sana mis heridas. Porque es pasión dormida que se acerca y retrocede, como vacilando en su acometida.
El mar, quemadura tierna, punzada de sal. Salvaje o apacible, siempre solemne. Inapelable.

Chus Rodríguez

Chus Rodríguez, tiempo

El tiempo perdido

—Paciencia. Tome la medicación y dese un tiempo —le dijo el médico. Esperó unos días a ver… y en vista de que su mal no remitía se sentó impaciente frente al reloj. Entre pastilla y pastilla veía pasar las horas, escrutaba receloso los minutos y suspiraba al ritmo de los segundos. Obstinadamente, perseguía con la vista cada periplo de las incansables agujas que, enganchadas inevitablemente desde su base, a distintas velocidades, se empeñaban en perseguirse sin descanso.
La espera se le hacía eterna, y su mal no cedía… Así que, sin darse tregua, destripó el reloj en busca de explicaciones ocultas, o tal vez de alguna anomalía que justificara tanta demora. Pero su preciso mecanismo de ruedas dentadas nada le pudo clarificar.
Ahora, ya más tranquilo, espera su tiempo mientras observa el perezoso recorrido del sol, tumbado plácidamente ante su inmensa grandeza, en la siniestra calma de cualquier psiquiátrico.

Chus Rodríguez

Chus Rodríguez, locura

Una afición cualquiera

Ya desde la cuna, siendo bebé, era capaz de canturrear sus propias nanas hasta que el sueño la vencía. A los veinte meses no caminaba, pero recitaba de corrido a Neruda para deleite de las visitas, y a la tierna edad de tres años había dado cuenta de decenas de volúmenes de entre los clásicos. Apenas tuvo uso de razón siguió desarrollando un extraordinario talento poético, que fascinaba a cuantos la rodeaban. Inútil para cualquier otra actividad, ella disfrutaba memorizando pasajes completos de “la Ilíada” y capítulos de “El Quijote”. Despreciando juegos infantiles, corregía y arreglaba textos literarios para particulares y, poco después, terminó renunciando definitivamente a sus muñecas para encerrarse en su mundo y componer grandiosos poemas y escribir fantásticas novelas.
Locura no era la mejor palabra para calificarla, su capacidad de razonar y su juicio eran intachables. Únicamente sufría un arrebato literario irrefrenable que la alejaba de la sospechosa cordura del resto de los mortales.

Chus Rodríguez

Chus Rodríguez, monos

El líder

Estaba a punto de culminar otra fase de la evolución y lo presentía. Intentaba imponerse a aquella desorganizada pandilla de monos agresivos, que a duras penas conseguían mantener el fuego. Pero él, aunque algo rudo, sabía que era un individuo especial, llevaba al cuello un guijarro tallado y pintado en ocre, y se sentía fuerte.
Una idea le rondaba hacía tiempo su inquieta cabeza, pero no se decidía a salir, no sabía cómo hacerlo… Entonces rozó unos instantes su amuleto con los dedos y –prodigiosamente– entre su cerebro y su garganta se produjo una conexión especial. Seguramente fue entonces cuando decidió dejar de gruñir, se esforzó en articular sonidos más acabados y –balbuceando– intentó nombrar de una manera primaria lo que tenía ante sus ojos. Al poco, advirtió sorprendido que ella le entendía y la tribu le imitaba. A partir de entonces algo extraordinario empezó a fraguarse.

Chus Rodríguez

atmósfera, Chus Rodríguez

¿Fracaso?

El hábil lanzador de diábolo había alcanzado últimamente alturas sorprendentes. Cada vez que aparecía en el pueblo dejaba boquiabierta a la multitud que le hacía corro, con sus virtuosas cabriolas y campaneos. Siempre conseguía elevar el artilugio a distancias increíbles para volver a recogerlo con una maestría asombrosa. Los últimos meses había ensayado mucho, quería impresionar a la concurrencia. Y así fue.
Aquel extraordinario lanzamiento resultó algo espectacular, logró superar con creces cualquier otro realizado. Tras una serie de piruetas previas con el carrete, echó un vistazo rápido al cielo, como buscando un buen lugar donde enviarlo. Y con un enérgico y virtuoso movimiento de brazos propulsó el aparato a la atmósfera, mucho más allá de los límites fijados a la visión humana.
El diábolo nunca regresó de su ascenso. Curiosamente, fueron muchos los que se sintieron defraudados.

Chus Rodríguez