Charo Anadón, mar

La tormenta

Me arrojaron al mar desde el barco en plena tormenta. Las olas enfurecidas me recibieron sin apenas notar mi presencia; ni tan siquiera pude salpicar cuando caí inerte en sus aguas. Éstas, a pesar de sus intentos, no lograron sumergirme al fondo, al olvido. Me dejé llevar durante un tiempo por las corrientes, ajena a la suerte que habían corrido los desesperados, hasta que, sin poder luchar más contras las aguas, desaparecí.
Tal vez si me hubiesen guardado en una botella habría sobrevivido mi tinta emborronada. Quizás alguien me hubiese leído, salvándoles después.

Charo Anadón

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Charo Anadón, locura

Prisioneros

Un día, tras años confinados en celdas del manicomio, descubrí al nuevo guarda de seguridad.
Lo pillé mientras escudriñaba, curioso, a través del ventanuco de la puerta. Mi oportunidad para escapar se acercaba, así que me escondí de su visión.
Minutos más tarde acudió con una llave con la que intentó abrir los blindajes que nos aislaban del resto del mundo.
Aunque nuestros nombres nunca hubiesen sido pronunciados en su presencia, debían haberle informado de que no podía acercarse a nuestras celdas ni fiarse de nosotros.
Se sentó derrotado delante de mi puerta, apoyando la cabeza en el marco, quedando dormido; momento que aproveché para, telepáticamente, susurrarle: “Ábrelas; da igual el método que utilices”.
Cuando se despertó, buscó objetos, lanzándolos después contra las puertas, incluso golpeó con la cabeza hasta hacerla sangrar.
Escuché un ruido y el blindaje cedió. Me filtré por una rendija logrando mi ansiada libertad. Éramos locura, odio, mentira, terror, venganza… Y regresamos para seguir gobernando el mundo.

Charo Anadón

Charo Anadón, monos

Hermanos

Tras décadas estando separados, la muerte de nuestro padre iba a reunir a los tres hermanos de nuevo.
Como fui el primero en llegar, preparé la casa para no aburrirme. Jacobo, el mayor, abrió la puerta en el momento en que encontré una tablilla para escribir.
Nos dimos la mano en silencio y comenzó a hablar a gritos. Cogí la pizarra: “Cáncer de boca. No lengua”. Él la tomó de las mías y, a su vez, garabateó: “Guerra. Bomba cerca. No oigo”.
Levantamos los hombros resignándonos.
Media hora más tarde escuché cómo un palo golpeaba los escalones de madera hasta llegar a la entrada y la puerta se abrió despacio apareciendo por ella Lucas, el menor. Ciego.
Mi risa se ahogó en la garganta. ¿O era llanto? Me dirigí al mueble-bar y me serví un trago.
—A su salud, padre –pensé levantando el brazo brindando –a su salud, Ignacio Monos.

Charo Anadón

atmósfera, Charo Anadón

Inventor de inventos

Lucas era un inventor nato aunque sus obras no servían para nada.
Deprimido por ello, quiso hacer un viaje sin retorno. Se subió a un globo aerostático y, apoyado en la cesta mientras observaba cómo se alejaba el suelo, pensó si sería buena idea arrojarse al vacío.
El artefacto siguió subiendo sin que tomase los mandos, llegando hasta la atmósfera, donde el aire era irrespirable.
Su cabeza se hinchó y explotó.
Un click resonó entonces en su interior emergiendo una segunda cabeza que ocupó el lugar de la primera.
-Para una cosa que hago bien -dijo en voz alta- funciona cuando ya no quiero vivir. – Y se echó a llorar.

Charo Anadón

abismo, Charo Anadón

Exageraciones

Todo empezó con una pequeña exageración.
-Mi padre es el más listo del mundo.
Una afirmación que, en una niña de cuatro años, es de lo más normal. Aunque yo lo tomé por costumbre.
-Mamá, ¡estás guapisisísima!
Con la adolescencia aquello fue a más.
-¡Te ha salido un gremling en plena cara! –mi crueldad terminaba con la huida de la víctima en un mar de lágrimas.
Me convertí en la mejor comercial. Mi mente era una lupa que exageraba por mil lo que pensase en aquel momento.
Así que cuando me subí distraída en aquel banco y miré hacia abajo, no vi aquella mínima distancia de cuarenta centímetros que separaban mis pies del suelo sino un enorme abismo al que me era imposible saltar. Y allí sigo. La gente piensa que soy una estatua de esas que se quedan quietas en una postura imposible y me arrojan monedas. He contado más de un millón de euros por el suelo.

Charo Anadón

almohada, Charo Anadón

Testigo equivocado

– Lo que no entiendo es qué pasó por su cabeza después de asesinar a su mujer para que destrozara así la almohada.
– Pues verá, señor detective – dijo el detenido antes de entrar en el coche. – Unos días antes de cometer el crimen, soñé que la asesinaba ahogándola con la almohada y que el mismo arma homicida me acusaba delante del juez.
– ¿La almohada?
– Sí, la almohada. Así que acabé con ella para que no me delatase.
– Es una pena, porque se equivocó de testigo. Ha sido la lámpara la que nos dijo que fue usted quien asesinó a su mujer mientras dormía.
– ¿La lámpara?
– Sí señor. O, más bien, la cámara que usted había colocado allí para grabar a su mujer siendo infiel. Se olvidó de apagarla, señor.

Charo Anadón

Charo Anadón, espejo

Superstición

El espejo estaba cerca de su mano, en el tocador.
Era afortunada. Demasiado. Todos la odiaban y señalaban con el dedo. Detestaba su perfecta vida. Quería ser normal, feliz, salir a la calle y ser uno más.
Lo cogió y se miró en él.
Había escuchado que, si se rompía, tendría siete años de mala suerte. ¿Acaso podría vivir sin tener éxito, sola, sin familia, arriesgarse a perder sus hijos, su marido, sus padres?
Quiso dejar el espejo con cuidado de nuevo en el tocador pero resbaló de sus manos. En una fracción de segundo todo podría cambiar. ¡No! ¡No quería! Era feliz así, con su trabajo, su vida, su familia, tenía amigos. Cerró los ojos deseando que no se rompiese.
Cuando los abrió, el espejo yacía en el suelo. Afortunadamente, intacto.

Charo Anadón