Álex Garaizar, cielo

El pionero

Por fin, el artefacto estaba listo para el despegue. 34 años de duro trabajo dieron como fruto un ingenio sin parangón en la historia de la Humanidad. Un auténtico prodigio tras el cual se encontraba el solitario Lunacio Caristeo.

Emocionado y no poco aterrado, soltó las amarras, aseguró la cabina y echó a volar a buen ritmo. Perdió de vista a los curiosos que se habían acercado y, enseguida, su casa, su ciudad y toda Creta quedaron bajo sus pies. Lunacio sudaba, con el corazón fuera de sí y su ambición por conquistar el cielo intacta. Cuando la presión y el frío se volvían insoportables, la apreció por fin: la curva.

—¡Sí! ¡Lo sabía, sí! ¡Síii! ¡Es redonda! ¡Redonda! —gritó, llorando—. ¡Redondaaa!

Naturalmente, nadie supo jamás de él. La mayoría lo tachó de loco, mientras que otros estaban convencidos de que el genial Lunacio habría alcanzado su verdadero destino.

Álex Garaizar

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Álex Garaizar, invierno

La hipótesis

La cabeza de Charles Darwin se tambaleaba al tiempo que sus párpados coqueteaban con el dulce sueño. Sentado en su sillón favorito, aguardaba a la luz de la chimenea. Sujetaba un libro de Balzac al que no había terminado de entregarse y se hallaba ya tan somnoliento como inquieto. Fuera la nieve parecía congelarse bajo el manto de un terrible frío poco propio del invierno inglés.

Por fin, alguien llamó a la puerta.

—Buenas noches, ¿el señor Darwin?
—Así es. ¿Qué ocurre?
—Agente Evans. Es sobre su hijo, Francis. Lamento comunicarle que ha fallecido esta noche.
—¿Pero cómo? —exclamó Darwin, incrédulo.
—Ha sido hallado bajo la nieve. Todo apunta a que sufrió una hipotermia. Por lo que parece, se quedó dormido bajo los efectos del alcohol.
—Bueno —dijo pensativo—, en ese caso le mentiría si le dijera que no me cuadra.

Álex Garaizar