El golpe de Stanislavski

Ensayó una sonrisa. Lo hizo con una carencia total de humor o empatía, tan solo tensando los músculos faciales mientras su mirada vacía atravesaba el espejo.
Recuperando su sobrio gesto habitual, tomó el maquillaje blanco y lo extendió por toda la cara, cubriendo la barba de tres días meticulosamente, antes de pasar al carmín.
Todo el mundo llevaría máscara. Era más sencillo: usar, tirar y correr.
No era suficiente.
Por eso la mayoría dudaba a la hora de trabajar con él. Su obsesión por el Método teatral siempre acababa convirtiendo la tarde en algo digno de recordar, ya fuera de la forma apoteósica o de la patética.
Cuando hubo terminado recogió la bolsa de deporte y se metió la pistola en la parte de atrás del pantalón.
Volvió a probar. Esta vez la sonrisa salió perfecta.
Cuatro payasos entrarían en el banco, pero solo uno daría una función realmente digna.

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