Una sonrisa puntual

Tomás, un vecino mío, simpático como no hay otro, afectado por la crisis, ha cambiado de profesión. Antes vendía frutas y verduras, y mientras despachaba pimientos y melones te colocaba algún chascarrillo o algún chiste al caso. Y siempre provocaba sonrisas, cuando no carcajadas, entre la clientela de su concurrido local.
Pero ahora Tomás se ha reciclado, se ha metido a payaso. Un payaso pintoresco, raro de definir. Se parece a todos ellos y no se asemeja a ninguno. Y es que, este frutero metamorfoseado, ahora recorre las salas infantiles de los hospitales con su inconfundible nariz roja y su envidiable simpatía. Sabe arrancar como nadie la sonrisa de los pequeños, que lo esperan a diario entre cables, monitores y agujas hipodérmicas. Sólo él consigue neutralizar por unos minutos todos esos aparatos que los rodean y consigue sacarles sonrisas. Luego ellos le despiden satisfechos, con aplausos generosos y eternos. Todos los niños le adoran. Mi hijo cada vez más.

Chus Rodríguez

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