No vas a pasar de los cuarenta

—Piñas.
—Sí, joder, piñas.
Rodríguez y McCartney estaban en el antro de confianza. No el bar donde se reunían siempre los polis, sino un cuchitril a varias manzanas, donde podían hablar tranquilos. La luz anaranjada del crepúsculo se colaba por una ventana sucia.
—Un montón de coca escondida en una piña sin corazón —repitió Rodríguez, que no acababa de creérselo.
—Sí, señor. Ponle una falda y tendrás a mi exmujer —aseguró McCartney, con sorna.
Mientras el primero apagaba su cigarro, el segundo apuró su whisky y pidió otro par.
—Ya. De modo que las recuperasteis todas. Y caso cerrado.
—Bueno, se perdieron algunas. Pero el caso está cerrado.
—¿Cómo que se perdieron?
McCartney sonrió.
—Me gusta la piña. Preparo un tepache cojonudo.
Rodríguez resopló y soltó una risotada.
—¡Gordo cabrón! Cualquier día te van a enterrar.
—Ya veremos…
Brindaron con la nueva ronda, y la noche cayó sobre la ciudad.

ICMarja

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