Tragicomedia del simplón moderno

Fermín tiene cuarenta añazos y menos papeles que una liebre.
Taxista de profesión, payaso por vocación y cuñado por obligación, siempre tiene en la boca el chascarrillo del que te ríes porque sí.
Pues ahí lo tienes, en la fiesta de cumpleaños del sobrino, con toda la familia haciendo piña en el patio del chalé.
El hermano pequeño del agasajado es un bebé, y con él está jugando Fermín, echándolo al aire y recogiéndolo al caer, y el niño encantado.
Pero en una de estas se le escurre de las manos. Intenta cogerlo haciendo malabares, pero falla. Y el crío cae al suelo de cabeza mientras el cerebro de Fermín dispara automáticamente un palabrujo que sale de su boca sin pasar filtro ninguno:
—¡Epetecándemor!
Toda la familia está en shock.
Pero al sobrino, ocho añitos recién cumplidos, le hace gracia la tontería y le da por reír.
Menudo percal, Fermín.

ICMarja

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