El sentido de la piña

Cristina se levantó ese día invariablemente temprano. Se duchó mientras fantaseaba con sus vacaciones de verano y cuando terminó, advirtió que sus párpados pesaban cada vez más. Miró el reloj y pensó que tenía tiempo de volver a la cama veinte minutos más. Se tumbó sobre su incómodo colchón y se abandonó en una fantasía onírica que la alejó plenamente de la realidad.
Subió por unas escalerillas que parecían llevar a ninguna parte y desde la cúspide vislumbró lo que identificó como su vida hasta ese preciso instante. No era consciente de que estaba delirando y se aterró al ver todas las pequeñas cosas que había enterrado por el camino. Se vio a si misma despojada de sus cargas. Apreció cada uno de los pequeños detalles que la habían llevado exactamente donde estaba hoy: extendida sobre el insignificante colchón de su minúscula habitación. Se sintió feliz. Y ahí, justo en la médula de su simbólico escenario estaba lo más trascendental: una enorme piña.

Aida

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