L’effetto della pizza croccante

Montessori conducía la Vespino NL como si fuera una Harley Davidson. Llevaba el casco colgado del codo porque se ganaba la vida usando el brazo derecho, y la seguridad era lo más importante. Montessori era duro. Montessori era todo pelotas.
El edificio era un adusto cubo de ladrillo. El hombre que lo esperaba en el piso superior, también lo era.
Bajó de la moto, encendió un pitillo arrugado y cogió las cajas de pizza del contenedor trasero.
Subió dos pisos. Tres.
—¿Y Fellini? —preguntó el tipo enorme cuando Montessori dejó las cajas sobre la mesa.
—En el río.
El gordo estaba de espaldas, frente a la ventana. La cara en sombras, un puro consumiéndose entre sus dedos. Asintió.
—¿La pasta está en las cajas?
—En la de abajo. En la otra hay… pizza. Su preferida, capo.
El gordo sonrió.
—Los detalles. Por eso eres el mejor.
—Lo soy —aseguró Montessori.

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