Piña, supongo.

Esta es una historia de dolor y marginación. O no. Podría estar exagerando.
Su madre era italiana. Eso podías verlo en sus formas. Era delgada y resultona, coronada por el color de la caléndula. Ardiente y dulce por las noches, fría y ácida por las mañanas, nunca rechazó una fiesta y jamás hizo ascos a un buen brandy.
El tema del padre era más complicado. Mamá era bastante… internacional, y en los años sesenta las noches eran una cosa muy loca. Así que unos decían que el alemán había llegado primero, y otros que aquel tipo canadiense fue el que encendió el horno.
Y ella era discriminada por aquellos que no entendían su forma de ser, y el sabor que podía aportar al mundo.
«¿Por qué tanto odio? —preguntaba en ocasiones— ¿Qué cojones os pasa?»
Pero, nena, yo te amé como jamás he amado a otra.
Eres especial, Pizza Hawaiana.

ICMarja

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