Soy mi propia musa

La idea llegó como llegan los marcianos en las historias de ficción: sin avisar.
Estaba tirado en la cama, despojo de sí mismo, lamentando que la inactividad se hubiera extendido por su vida como la corrupción en un cadáver, cuando se le ocurrió de repente.
Su perro se le acercó, como si adivinase que era la hora de ponerse en marcha. Ya no era ningún cachorro, pero a él le gustaba pensar que sí, aferrándose a la mentira para olvidar que el tiempo pasaba inexorable.
Resistió la tentación de volverse a dormir y se puso las gafas. Ésta era buena. Iba a ser la envidia del gremio.
Comenzó a esculpir en su estudio, sobre el mármol blanco, la mejor interpretación de la locura que jamás se hubiera podido imaginar.
Y ésta se parecía bastante a lo que él mismo tenía dentro de la cabeza.

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