La música espanta a las fieras

—No tenemos tiempo para estas chorradas. Para de una maldita vez. Si por casualidad hubiera un bicho por aquí cerca, ya lo habrías espantado.

Paula se había cansado de escuchar los estridentes ensayos con la armónica de Gerardo.
Llevaban horas en mitad del bosque, subidos al techo del todoterreno, esperando que apareciese un animal con el que probar la puntería, pero quedarse en el bastión que era el imponente vehículo, sin moverse, no iba a facilitarles para nada la cacería.
Cuando la música cesó, el silencio se les clavó en el cerebro como un cincel.
Ni un ciervo, ni un conejo, ni un triste ratón a la vista.
Ella le lanzó una mirada de reproche.
Él le devolvió una cargada de dulzura y legítimo arrepentimiento.
Ella sintió la tentación de darle un puñetazo.

—Vámonos a casa —suspiró.

Gerardo sonrió satisfecho en el camino de vuelta. Otro día, otro animal salvado.

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