Potencialmente peligroso

Sábado. Diez de la mañana.
Ella todavía entre los edredones. Le digo que se levante y me responde con cara juguetona que lleva toda la semana saliendo de la cama temprano para ir a trabajar. De repente un perro azul vuela hacia la ventana. ¿Qué puñetas es ese chucho? El médico me ha dicho que cuando vea cosas que me parezcan anómalas tengo que tomarme mi medicación. La piel de mi invitada se pone morada progresivamente, ¿debo preocuparme? Esta locura me está matando. Soy parcialmente consciente de mi enajenación. Ninguna medicación me curará jamás, solo podré “reducir los síntomas”. La pastilla va haciendo efecto. La miro otra vez ahí tumbada. ¿Todavía está morada? Me acerco y la toco. Esta helada y no respira. De repente lo recuerdo: la cena, el alcohol y su fino cuello entre mis manos.
En mi cabeza retumba la voz del médico diciéndome que soy potencialmente peligroso.

Aida

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