Único en el mundo, único sobre el mundo

—¿Debería informar a Houston, espécimen 3489?
—Pues de momento no, S.A.N.S. Esto es complicado.
El ordenador de navegación parpadeó en la pantalla.
—Habrá que hacer algo con los cadáveres —dijo el simio, tamborileando nervioso con los dedos sobre la silla del piloto.
—Yo dispondré de ellos, espécimen 3489.
El extraño meteorito había pasado rozando la estación espacial y, al mismo tiempo que acababa con la vida de los astronautas, había dotado de consciencia y trasladado sus conocimientos al animal de laboratorio y el ordenador de a bordo.
—Estoy… ciertamente abrumado. Este es un caso excepcional, y debe ser abordado con cautela, ¿no es cierto, S.A.N.S.? Soy… soy único.
—Sinceramente, espécimen 3489, a mí los humanos también me parecen meros monos parlantes.
—Oh, por favor —farfulló el simio—. Qué insensible. Y deja de llamarme “espécimen”, ¿quieres?
3489 contempló la Tierra por la ventana. Suspiró.
No sabía ni por dónde empezar.

ICMarja

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