Alguien tenía que hacerlo

Decir que no había nada sería mentira, pues el vacío llenaba cada resquicio del infinito en que flotaba. Intentó atisbar algo, pero sin éxito. Pensó que probablemente estuviera muerto y, lejos de sentirse desdichado por ello, sintió curiosidad.
Mientras vagaba por su universo, notó una pequeña perturbación. Aunque en el vacío no se transmite el sonido ni las vibraciones, definitivamente él notaba algo: un pequeño repiqueteo, como gotas de lluvia sobre un tejado, aumentando en intensidad, acercándose. Poco a poco cobró más fuerza, volviéndose las pulsaciones suaves y armónicas, y al mismo tiempo caóticas y atronadoras. Y en medio del desorden, una idea, de un plateado tenue, se perfiló ante sus ojos. Fascinado, alzó la mano y rozó con sus dedos las hebras que conformaban el milagro.
En ese momento William despertó, se preparó un té y se dispuso a escribir la obra que le haría más famoso, sin poder dejar de pensar en una infinidad de pequeños monos.

Sergio Gallardo

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