Imposibilidad empírica

–Cariño, sal al balcón.
–¿Para?
–Para ver la Luna.
–¿Ahora?
–Va, no te hagas de rogar.
Imaginó que ahora estaría levantándose y acercándose a la cristalera. Hablando por teléfono le parecería una tontería salir al balcón, pero al menos se asomaría.
–Ya.
–Mira, está llena y blanca. Un espejo perfecto.
–En realidad…
–Espera, deja. El otro día discutimos sobre enviar un beso por vía telefónica porque dices que, aunque transmite bien el sonido, el hilo no es un conductor romántico ideal.
–Hombre, pues no.
–Pues he pensado que podría mandártelo reflejado en la Luna. Si beso con bastante fuerza, podría llegar allí, rebotar, y llegar a ti íntegro. Supongamos que la Luna es un buen reflector romántico…
–Puede. Pero a ver. ¿Has tenido en cuenta que igual se te quema en la reentrada a la atmósfera?
«¡Ay, no atino!» –pensó, suspirando– «¡Qué mal trata el romanticismo este mundo de ingenieros…!»

ICMarja

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