El salto

Hacía tan poco que la conocía que todavía me avergonzaba el saberme espiada mientras la observaba. Sus ojos ágiles me encontraban, fugaces, mientras desnudaba sus ideas para mí, sabiendo que aunque quisiera no podría apartar la mirada. No podía evitarlo, apenas había empezado a recorrer su espalda pero sentía que sus lunares eran la constelación bajo la que había nacido.
Desde que la vi por primera vez, su cuerpo siempre tuvo para mí una fuerza propia, imparable, inabarcable; una suerte de gravedad que me arrastraba irremediablemente hacia su centro. Como quien se estrella contra el agua tras haber saltado un abismo yo me esforzaba por estrellarme contra sus caderas, sus piernas, su cuello, dejando atrás la estela de mi ego en una atmósfera propia, privada y solo nuestra formada por sudor y sexo.

Blanca Miller

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