Lacónico vals eterno

Un, dos, tres… Un, dos, tres… Un, dos, tres… Los pies se movían solos. Los movimientos se encadenaban con una sincronía perfecta y terminaban con una fina cadencia de precisión milimétrica. Volvía a empezar y los ojos se le llenaban de lágrimas pensando en el enlace que se iba a celebrar en dos semanas. Por fin él, el que nunca quiso el compromiso, el que nunca se enamoraba, se iba a casar con la mujer más perfecta que tenía que conocer. Esta atmósfera de perfecta armonía de repente se rompió en mil pedazos cuando recordó que ella no estaba ahí. Sus músculos y su cuerpo entero se estremecieron al pensar en su vida efímera. Él, que por fin la había encontrado, ya no la tendría jamás. Desfalleció. Sus piernas no aguantaron más el peso que acarreaba y su cuerpo ya no pudo volver a despertar. En sus labios se perfiló una sonrisa eterna.

Aida

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