Amnistía del 77

Nada más llegar, se sentó en un banco de la plaza y encendió un cigarrillo. La señora Antonia lo miró de reojo y echó a andar en sentido contrario, como si la empujara el diablo. Él sonrió y exhaló una calada. A los pocos minutos, otras cuatro viejas del pueblo cuchicheaban a sus espaldas. Cuando se giró, desaparecieron como por arte de magia. El cura hizo ademán de cruzar por delante, pero se arrepintió a tiempo. Tan solo un niño se atrevió a acercarse.
–¿Tú no eres el hijo del Rojo, el que estaba en la cárcel? –osó preguntar.
Él apuró el cigarrillo y lo apagó con la punta de su zapato antes de responder.
–Sí, soy yo –respondió–, pero te equivocas en una cosa: en la cárcel habéis estado vosotros, no yo.
Después extendió las alas y se marchó volando para no regresar jamás.

Fernando da Casa

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