Un día cualquiera

La almohada estaba tirada en el suelo, no era lo más novedoso, normalmente su sitio habitual era un lugar fuera de la cama y ella parecía estar conforme, ocupar aquel lugar encantada, fuera del habitual y pensado para ella.

Su dueño seguramente en un descuido la habría tirado, se habría movido en un sueño, o no.

Pero ella se sentía cómoda, fresquita, sobre todo en esa época, verano, que tan cruel y caluroso se le hacía en una cama que no estaba cerca del aire acondicionado.

Su tranquilidad, sin embargo, se vio removida por aquellos que abrieron la puerta de par en par, que invadieron su espacio y violaron su voluntad desprendiéndola de su ropa, observando cada rincón de su tela y que no tenían más que remedio porque estaba manchada de sangre y su dueño había cometido el peor de los asesinatos de todos los tiempos.

Xenaga

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