El espejo

Un reputado periodista deportivo desgranaba en la radio el último fichaje de relumbrón. El calor de finales de julio insistía en permanecer más allá de medianoche. La luna menguante acompañaba la travesía del Seat por el polvoriento camino entre olivares. Cuando paró y apagó el motor pudo escuchar los pequeños golpes que ella daba desde el interior del maletero. Era absurdo, nadie la iba a oír.

Cuando acabó de cavar la zanja, sonrió. Todo estaba listo para comenzar una vez más su ritual. La trasladó en brazos y con cuidado hasta el agujero y la dejó caer, situándola en posición fetal sobre su costado derecho. Entonces puso la caja para la cabeza, con el tubo respiradero, la pequeña lucecita y el espejo, su sello, para que su víctima pudiese ver el rostro de la muerte acercándose. Terminó de enterrarla y se fue satisfecho de vuelta a casa.

Miguel Antúnez López

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