Julián Prévost

En el salón de los Prévost, Julián escuchaba a su padre -¡Tu obligación es dirigir la fábrica y olvidarte de quimeras que arruinarán tu vida y nuestro honor!- que le gritaba, la papada temblando sobre el alzacuellos almidonado. El joven recogió sus pinturas y se marchó en silencio, dejando la escena congelada en el reflejo amarillento del espejo enmarcado en caoba.

Cuando su amante se marchó, Julià Prévost se sentó en la estancia decrépita. No podía aplazar la decisión, terminar arquitectura como querían sus padres o seguir escribiendo, su verdadera pasión y a la que dedicaba, todo su tiempo. Tras las volutas del tabaco, el cristal desconchado le devolvió la imagen de un joven Julián Prévost, el traje manchado de pintura, que tras enfrentarse a su padre, dejaba la casa con actitud decidida. La imagen se difuminó entre las grietas del espejo, y Julià Prévost abandonó el antiguo piso familiar, aferrando su cuaderno de notas, con la claridad que se reflejaba sobre el entarimado.

Paco Murall

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2 respuestas a Julián Prévost

  1. Paco Murall dijo:

    El que fuma y ve el reflejo de Julián, es Julià, el nieto. Por favor ponedlo como en el texto que os envié, porque si no, se confunden los personajes. Gracias

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