Atardecer en Daraa

Atardece en Daraa pero la oscuridad enseñorea sus calles desiertas.

Los helicópteros bombardean el barrio, una densa humareda cubre la ciudad.

Samir se esconde entre las ruinas, sus hermanas se refugian en una iglesia cristiana. Él no abandona su casa, su deber, su herencia.

Tiene sed pero no se mueve, chirrían las torretas de los tanques. Un proyectil corta el aire y explota muy cerca. El temblor le levanta y la onda expansiva le escupe contra los cascotes.

Tiene sed pero está paralizado. Las botas retumban y oye voces metálicas incomprensibles.

Tiene sed pero el miedo le atenaza, acurrucado, sueña un tiro en la cabeza, una fuente de agua, un tajo en el cuello.

Silencio. Un rayo de luz atraviesa el muro por el agujero de obús, una esperanza de vida. Tiene sed.

Las aspas del helicóptero cortan el frío como una guadaña. Los élitros de un monstruo salido del infierno.

Samir tiene sed y sale a buscar un poco de agua.

Paco Murall

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