Ensayo fugaz sobre la moda juvenil

El tiempo puede convertir cualquier objeto, hasta las cosas más absurdas y peregrinas, en ordinaria cotidianidad. El vestuario de Woody Allen en “Sueños de seductor”, por ejemplo: el paso de las décadas ha transformado las camisas de leñador y las gafas de pasta que el autor de “Annie Hall” lucía en aquel filme en artículos imprescindibles para el más común de los pijos. Podemos aplicar el mismo principio a cualquier otro ropaje que el supremo dios del Tiempo decida traer de nuevo a nuestros días. Así, una buena capa de polvo y el fluir de la incansable arena, obrarán el milagro de la metamorfosis y olvidaremos cualquier atisbo hortera que dicha prenda pudiera desprender. Es como si ingresase en protección de testigos, cambiara de identidad y la elevásemos a la categoría de Tótem de la Modernidad con Mayúsculas. Todo fluye, va, viene y vuelve. Excepto las hombreras. O, quién sabe…

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