Este relato no es nada comparado con todo

“¡Corre, nada más rápido!” gritaba en silencio, agazapada entre unos frondosos matorrales, mientras observaba la amenazadora aleta, surgida de la nada, que perseguía a su marido.

El improvisado nadador, al que no le quedaba nada para alcanzar la orilla, sentía su propia sangre brotar de su maltrecha rodilla. La misma sangre que había llamado la atención del tiburón.

-No hay nada como ver unas bonitas piernas justo después de eludir la muerte –bromeó nada más alcanzar a su esposa.
-¡Chis! No digas nada –le rogó silencio.

Sigilosamente, el aventurero matrimonio se adentró en la selva, en busca del punto de encuentro donde les esperaba el helicóptero.

Se habían adentrado en tierra hostil, en el corazón del santuario. No hacía nada que habían sorteado milenarias trampas, temibles secuaces y caminos recónditos para hacerse, por fin, con el tesoro.

Toda una vida para ese momento, para descubrir que el cofre no contenía nada.

Raúl Gil

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