Invierno polar

Ese día sus ojos percibieron con menos nitidez. Sus piernas flaquearon y el pecho parecía que le iba a estallar. Recogió sus cosas, fuera el cielo brillaba con fuerza, pero dentro se había desatado una tormenta que tardaría años en dejar paso a la calma. No sabía dónde estaba el norte. Se le habría roto la brújula, porque el polo magnético terrestre aún continuaría en el mismo lugar por millones de años. Así que vagó sin rumbo, hacia el brillo celestial. ¡Camina hacia la luz! –decían en las películas- pero poco podía hacer, con esas piernas torpes y el corazón a punto de salírsele por el esófago.

Y entonces lo vio. El cielo se abrió, se rompió, se desgarró al mismo tiempo que su pecho. No había podido soportar tanta luz, igual que ella. Así que ambos se sumieron en la oscuridad más absoluta y fría, a la espera de un nuevo verano.

Kissu

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