La hipótesis

La cabeza de Charles Darwin se tambaleaba al tiempo que sus párpados coqueteaban con el dulce sueño. Sentado en su sillón favorito, aguardaba a la luz de la chimenea. Sujetaba un libro de Balzac al que no había terminado de entregarse y se hallaba ya tan somnoliento como inquieto. Fuera la nieve parecía congelarse bajo el manto de un terrible frío poco propio del invierno inglés.

Por fin, alguien llamó a la puerta.

—Buenas noches, ¿el señor Darwin?
—Así es. ¿Qué ocurre?
—Agente Evans. Es sobre su hijo, Francis. Lamento comunicarle que ha fallecido esta noche.
—¿Pero cómo? —exclamó Darwin, incrédulo.
—Ha sido hallado bajo la nieve. Todo apunta a que sufrió una hipotermia. Por lo que parece, se quedó dormido bajo los efectos del alcohol.
—Bueno —dijo pensativo—, en ese caso le mentiría si le dijera que no me cuadra.

Álex Garaizar

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